martes, 3 de diciembre de 2013

El síndrome de Poseidón

Es un frío jueves de diciembre. Voy por la calle, no hay nadie. Camino invisible bajo ninguna mirada, el mundo esta aletargado. El aire gélido llena mis pulmones con la pureza del hielo polar. Avanzo entre callejones, sobre baldosas, bajo un cielo lúgubre. Avanzo entre el gris triste del cementerio urbano y arboles desnudos, avanzo entre fachadas descorchadas y calles polvorientas. La urbe y su adherencia, la podredumbre del hombre. Paso tras paso cruzo aceras, pasos de peatones, mares de asfalto, mi propia epopeya en Suburbia. Sigo con la mirada clavada en mis pies, viendo nacer y morir cada tesela de un suelo agonizante, veo sus vicisitudes y su vejez, veo sus fracturas y quiebros, metáfora obstinada de la existencia, crónica trágica de la verdad. Me planto frente al mar y su infinito, me despojo de mis zapatos y salto a la arena. Las partículas de la playa cosquillean mis pies desnudos, el aire salobre inunda mis pulmones y el Sol centellea pintando mosaicos tigrescos en los médanos de oro en polvo. Me deslizo entre las dunas a escala como un gigante en un desierto, me acerco a la orilla y siento la tierra húmeda acariciando mis dedos, siento la brisa desaliñándome el pelo y mi alma vagando en cada centímetro de ese edén. Cierro los ojos y extiendo los brazos, me proclamo adicto a esa quimera, me declaro indefenso ante tal titan, me declaro ajeno a ese paisaje, me declaro insignificante ante tanta perfección.


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