Es un frío jueves de diciembre. Voy por
la calle, no hay nadie. Camino invisible bajo ninguna mirada, el
mundo esta aletargado. El aire gélido llena mis pulmones con la pureza
del hielo polar. Avanzo entre callejones, sobre baldosas, bajo un
cielo lúgubre. Avanzo entre el gris triste del cementerio urbano y
arboles desnudos, avanzo entre
fachadas descorchadas y calles polvorientas. La urbe y su adherencia,
la podredumbre del hombre. Paso tras paso cruzo aceras, pasos de
peatones, mares de asfalto, mi propia epopeya en Suburbia. Sigo con
la mirada clavada en mis pies, viendo nacer y morir cada tesela de un
suelo agonizante, veo sus vicisitudes y su vejez, veo sus fracturas y
quiebros, metáfora obstinada de la existencia, crónica trágica de
la verdad. Me planto frente al mar y su infinito, me despojo de mis
zapatos y salto a la arena. Las partículas de la playa cosquillean
mis pies desnudos, el aire salobre inunda mis pulmones y el Sol
centellea pintando mosaicos tigrescos en los médanos de oro en
polvo. Me deslizo entre las dunas a escala como un gigante en un
desierto, me acerco a la orilla y siento la tierra húmeda acariciando
mis dedos, siento la brisa desaliñándome el pelo y mi alma vagando
en cada centímetro de ese edén. Cierro los ojos y extiendo los
brazos, me proclamo adicto a esa quimera, me declaro indefenso ante
tal titan, me declaro ajeno a ese paisaje, me declaro insignificante
ante tanta perfección.
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