En un arrebato Bukowskiano arremeto
contra mi impúdica vida, desmenuzo mi subconsciente, me asiento en la
soledad del día y vuelo entre mis fantasías nocturnas, la soledad y
el sexo, lo real y lo onírico. Solo necesito estar solo, quizás algo
que beber, y puede que hasta algo que escribir; con eso puedo vivir,
con eso puedo hasta ser feliz, en mi castillo de trastornos, en mi
cama de clavos. Y por la noche, ah, la noche... ese páramo oscuro en
el que la luz más tenue deslumbra, esa pesadilla de la que no
queremos despertar, ese olvido entre sabanas y estrellas, el paraíso donde nuestra mente psicótica golpea con delirios nuestros sueños,
ese lugar donde los recuerdos se forjan y los destinos se inventan.
En ese elíseo de sexo y acantilados, de irrealidades y marionetas,
esa obra capital que nunca escribiremos, bailo, entre mis delirios
como pez en su acuario, como dios en su Olimpo. Toda la compañía, todo lo que deseo, todo lo que temo, toda mi vida esta allí, en las
noches de demencia, en esas horas opacas, diamantes en la oscuridad.
Todo lo que amo es eterno, y yo soy inmortal, en esos sueños si
muero despierto y despertar es morir, solo espero no ser condenado al
insomnio o a la vida, y si por desgracia el veredicto no me satisface
apelo al abogado etílico y a las nubes canábicas. El ensueño, ese
lugar por el que mataríamos, ese rincón en el que nos desterramos y
en el que desearíamos permanecer o morir, mas no somos tan valientes
como para privarnos de no volver. Y me despierto de nuevo, de la
noche al día, del sueño a la pesadilla, de vivir a sobrevivir.
Marginado en este mundo, emperador de mis noctambulas exasperaciones,
me levanto, buscando algo, quizás amor, no lo creo, abro la ventana,
me fumo un cigarrillo recostado en el borde, el frío hiela mi pecho
descubierto, miro el sol, me ciega, sonrío y muero.
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