miércoles, 8 de mayo de 2013

Reflexión de un maníaco


Caminamos, siempre estamos caminando. Autómatas despojados de su humanidad, marionetas de la química, vagabundeando por el blanco pasillo estéril, el pasillo clínico de la dulce desesperación. Caminamos por el cementerio de la soledad, el olvido menos metafórico que he conocido, la prisión de los barrotes de cristal, el presidio del aburrimiento mas exasperado que jamás conoceré. Maldigo cada eterno instante en este lar, donde el Sol es el lujo de nadie, su calor que solo nos acaricia a través de la vitrina que son nuestras ventanas, sin paño, para que el viento sea solo el recuerdo de un suspiro que anhelamos. Segundos como horas en este purgatorio, del que somos mártires, eternidades de efímeros instantes, relojes congelados, relojes de tiempo estropeado, tiempo que no avanza. Esta cárcel sin alambre produce más locura de la que confina. Este insoportable aislamiento, no hay un mundo fuera de este, no quieren que lo veamos... La rutina es el pan del día, un pan duro, seco y común. Y si la rutina es el pan, la locura es la especialidad del chef; una menestra de trastornos, una sopa de condescendencia con trazas de bondad. Nos tratan bien, como animales de zoo, un espectáculo, con nuestro más tedioso defecto: tener conciencia... daría mi cordura por ser el tigre inofensivo acostumbrado a su jaula, por ser la bestia salvaje adaptada a la cautividad. Pero no puedo. Quizás mi cordura es lo que me enloquece, quizás deslizarme entre estos prototipos descatalogados sea mi heroica epopeya, pues sus cantos de sirena atrayéndome hacia sus arrecifes de demencia son sofismos corrosivos difíciles de eludir. ¡Maldita sea! Donde esta el libre albedrío, aquí solo veo normas impuestas, negaciones inflexivas y prohibiciones crueles. Generalizar, uno de los pecados más grandes jamás inventados, dejadme sentir de nuevo la libertad, dejadme calzarme de nuevo mis zapatos y respirar de nuevo el aliento del mundo, el murmullo de las calles, el aroma del gentío. Dejad que la realidad me golpee con contundencia y la libertad me desgarre con su altruista zarpa imparcial, dejadme ser el mendigo de todo antes que el rey de nada. En estas camas no descanso, solo duermo, vuestra comida ni me sacia ni me nutre, solo me da la energía que no quiero para seguir soportando esta gota malaya, una tortura, una condena que me acerca día a día a una locura a la que me niego a sucumbir.
Confinado en Pandora, quizás esto no es más que una pesadilla, un sueño vil que no llega a su clímax, una espiral de decepción sin culminación aparente, un confinamiento despótico cual campo de concentración, y concentrado estoy, más que nunca, pues nada más tengo ni puedo hacer, solo este aliado de grafito. No se nunca que hora es, el día apenas. Nunca creí en el cielo, y sigo con esa convicción, pero ahora creo en el infierno, pues solo me hace falta levantar la vista, y es que si esto no lo es, es el purgatorio, y si sigo errado es el preludio de estos. Nos vendieron la antiutopía de que el infierno era una tortura eterna, ahora entiendo que la tortura es la eternidad en sí, un concepto difícil de explicar si no se sufre en las propias carnes... seamos explícitos; todos hemos sentido dolor físico, este es el que nos recuerda que estamos vivos; nos amenazaron con un dolor insoportable por toda la eternidad, es decir una vida de sufrimiento. Yo estoy viviendo el desconsuelo de no vivir, sin libertad, sin dolor, sin sentir. Al punto al que ansiara llegar; la eternidad, un concepto aparentemente objetivo, mentira, no sabéis que es la eternidad. La eternidad no es el tiempo infinito, es un tiempo que se hace infinito, apenas una semana recluso más larga que mi corta vida de dos décadas, joven y estúpido pensareis, si, pero objetivo y desesperado, condenado por el delito de nacer, el pecado original. Condenado por ser heterogéneo; por discernir de los cánones, por ser alguien que repudia la enfermiza normalidad en el sentido menos abstracto del vocablo. Una tara de la sociedad por ser crítico, por ser conformista en lo que no esta socialmente aceptado. Una lobotomia de amenazas, no dejarme salir hasta que cumpla sus requisitos, obligado a ceder a sus ordenes y erguir una vida que no es vida. Chantajeándome con su tiránico poder impuesto, moviendo mis hilos tras su antifaz de bata blanca, tomando las riendas de mi destino, redirigiendo mi existencia y yo asintiendo en silencio, como un esclavo, callando para recuperar mi libertad que es lo único que deseo. Pocos acontecimientos rompen la monotonía que degüella mi alma, ambos efímeros: las visitas y la noche; estas primeras me otorgan una pequeña fracción del mundo exterior, me recuerdan que tengo que seguir luchando y resistiendo, que la espera valdrá la pena, mi segunda salvación; la noche, me exilia de la pesadilla desterrandome al sueño, me acerca un poco más al fin de esta penitencia antirreligiosa, me acerca a la vuelta a la realidad, una pesadilla que cesa para dar paso al siguiente tedioso amanecer. Esta es mi "vida" si se le puede llamar así, este es mi mundo, el reino de los fantasmas de carne, la cruzada de la desesperación, EL BLOQUE...

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