El vacío, la soledad, la apatía y la tristeza; jinetes que crepitan en mis noches de insomnio y mis días de agotamiento.
La vida y los años nos empujan a espacios grises, a páramos polvorientos y mudos donde las voces de los recuerdos infectan el aire. Lo perdido y lo no vivido se tornan llagas en las plantas de los pies, abriéndose y doliendo más y más cuando el caminar de la existencia nos desnuda el corazón.
Sentir demasiado y no sentir nada, binomio de metrónomo que retumba en mis latidos, y entre el frío mental y el sudar químico, susurros de una amalgama de anhedonia y ataraxia, fragmentos de un yo que no sabe ser.
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