domingo, 10 de marzo de 2013

Él, plutarca de desdichas


¿Qué hay? ¿Qué hay para mí en este mundo? ¿Qué hay que no produzca arcadas? No hay nada. En mi cama, sarcófago mullido, levito, entre problemas, entre decepciones, entre afilados recuerdos que me desgarran. ¿Cómo olvidar lo inolvidable? ¿Cómo perdonar lo imperdonable? ¿Estoy siendo retórico? No. Si lo sabéis  por favor deslumbradme con vuestras adamantinas convicciones, iluminad a este oscuro asceta, hacedle caer de nuevo en la mentira pactada de la felicidad. Matadme o liberadme, y en caso de que ambas se traduzcan en lo mismo no escatiméis en piedad, yo seré el saco, regaladme vuestra violencia, quebrantad mis huesos, devastad mi piel, arrasad mi vida, liberad mi alma. Dejadme sentir mi sangre hirviente enfirarse sobre mi tez, que se apague el mundo, que el telón se baje. Dejadme sentir el frío, ese frío artificial, ese frío de melancolía, ese gélido pavor. Sentir cómo se eriza mi piel, cómo un ditrámbico escalofrío recorre mi columna y rompe mi inmovilidad, cómo la vida se escabulle entre mi labios, en un suspiro ahogado. Palabras, notas y sábanas... mis fieles compañeras en noches de insomnio, mis preciadas cadenas, lo único que me ata a esta existencia; mi cárcel, mi salvación, mi tortura. Desatadme, de la vida, dejadme huir de esta pesadilla, como diría el dios Miguel Hernandez: Tanto vivir en la ciudad de un puerto, si el corazón de barcos no se llena. Quiero un adiós, sencillo, apresurado, quiero un letargo, eterno, perfecto.

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