¿Qué hay? ¿Qué hay
para mí en este mundo? ¿Qué hay que no produzca arcadas? No hay
nada. En mi cama, sarcófago mullido, levito, entre problemas, entre
decepciones, entre afilados recuerdos que me desgarran. ¿Cómo
olvidar lo inolvidable? ¿Cómo perdonar lo imperdonable? ¿Estoy
siendo retórico? No. Si lo sabéis por favor deslumbradme con vuestras
adamantinas convicciones, iluminad a este oscuro asceta, hacedle caer
de nuevo en la mentira pactada de la felicidad. Matadme o liberadme, y en
caso de que ambas se traduzcan en lo mismo no escatiméis en piedad,
yo seré el saco, regaladme vuestra violencia, quebrantad mis huesos,
devastad mi piel, arrasad mi vida, liberad mi alma. Dejadme sentir mi
sangre hirviente enfirarse sobre mi tez, que se apague el mundo, que
el telón se baje. Dejadme sentir el frío, ese frío artificial, ese frío de melancolía, ese gélido pavor. Sentir cómo se eriza mi piel,
cómo un ditrámbico escalofrío recorre mi columna y rompe mi inmovilidad, cómo la vida se escabulle entre mi labios, en un suspiro
ahogado. Palabras, notas y sábanas... mis fieles compañeras en
noches de insomnio, mis preciadas cadenas, lo único que me ata a
esta existencia; mi cárcel, mi salvación, mi tortura. Desatadme, de
la vida, dejadme huir de esta pesadilla, como diría el dios Miguel
Hernandez: Tanto vivir en la ciudad de un puerto, si el corazón
de barcos no se llena. Quiero un adiós, sencillo, apresurado,
quiero un letargo, eterno, perfecto.
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